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agosto 20, 2015

Ciberignorancia

Contraesquina. Por: Jesús R. Cedillo.


Ciberignorancia


Díganme pendejo, pero no entiendo y sigo sin creer en las virtudes del mundo cibernético. Soy un ciberignorante. Me declaro sin visos de enmendarme tal vez jamás, un ciberignorante.


Habito las cavernas. La prehistoria digital, la nada. ¿Estoy contento con ello? Empiezo a ser más feliz de lo que pensé ya era.


Hay días buenos y hay otros mejores. Pero, no puedo dejar de comentar en este generoso espacio varias anécdotas al respecto.


Hace algunas lunas (28 de julio), mis compañeros aquí en estas páginas editoriales, los doctores Enrique Abasolo y Marcos Durán Flores y el mismo día, abordaron idéntico tema (guerra de robots, vida en el espacio y demás cosas que escapan a mi comprensión aborigen y pedestre) y casi con las mismas palabras.


Es decir, se documentaron en las mismas fuentes imagino, de internet. Ancilaron su reflexión en una teoría de Stephan Hawking, de quien en su momento leí con gusto su libro “Historia del tiempo.” La verdad, ya lo recuerdo poco.


Ignoro si ha publicado nuevos textos donde desmenuza todo su conocimiento sobre el universo, la galaxia y la vida espacial. Insisto, como no soy un lego, sólo observo de lejos.


Ya luego y pasando días, leí una nota en un diario regiomontano. Esperando a mi musa en la ardiente Apodaca, compré el periódico del día para abanicarme en la plaza y de paso, leer las “news”.


Aquí, mediante un cintillo, se anunciaba: “Alerta. Viene una guerra de robots”. Recordé entonces el par de colaboraciones de mis compañeros de plana y la nota repetía la información, los mismos datos.


Caray, ¿de qué me estaba perdiendo? El sumario de la nota regia era la siguiente: “De acuerdo con expertos en inteligencia artificial, las armas que actúan por su propia cuenta son ya una realidad y deben ser prohibidas”. La nota la firma Bernhard Buntru.


Hasta este punto pues la verdad, no sabía de qué lado guarecerme de este vendaval mediático e informativo.


¿Desenchufar mi tostador de pan y mi horno de microondas el cual funciona con leña, so alerta de que estos cobren vida y me masacren a chingazos en la noche más alta? Para mi fortuna, mi licuadora no funciona.


La plancha sólo la utilizo cuando me pongo a planchar. El extractor de jugo se me descompuso.


Insisto, todo más o menos controlado, pero el acabose fue cuando en un fin de semana en la revista “Domingo 360 grados”, en su página de “Tech” la información firmada por Mandy Oaklander me dejó hecho un pendejo, helado.


“Tu teléfono sabe si estás deprimido”. En serio, este fue el título de la información.


Una rápida reflexión, si las dos cosas y anécdotas anteriores son de tal importancia para la humanidad, ojo, escribí la humanidad, ¿por qué nada más los usuarios de internet saben de esto y/o se preocupan de ello?


Mi caso aislado no es grave, soy un tinterillo de quinta que no lee internet, pero, digamos, ¿qué pasa entonces con todo un país, digamos, como Cuba?


Si la guerra de robots es inminente y el teléfono celular puede decir si estamos excitados o deprimidos, ¿por qué en Cuba no les ha afectado a tal grado la anterior información que cambiará a la humanidad toda?


En una delirante e hilarante crónica en el diario ibérico “El País”, Karelia Vázquez publicó en junio de 2014 que en Santiago de Cuba, a casi mil kilómetros de La Habana, todos los días los lugareños asomaban curiosos la cabeza a un grueso tubo de plástico procedente de Venezuela de donde les decían una y otra vez las autoridades, iba a llegar internet.


El agujero y el tubo eran discretamente custodiados por policías. La gente, se cuenta en la espléndida crónica de Karelia, se preguntaba, ¿cuándo van a tapar el tubo? A lo cual un lugareño respondía: “No te quejes que por ahí va a salir internet”.


Internet nunca llegó. El boquete estuvo abierto más de dos años. Luego se tapó y no hubo más esperanza, hasta hoy, con EU. En América Latina, el crecimiento de los hogares que tienen acceso a internet es apenas del 45 por ciento.


En Cuba, de lograr la conexión, equivale a invertir más del 50 por ciento de los emolumentos que gana un cubano promedio en un mes.


En México de 125 millones 235 mil habitantes, apenas 47.4 millones tienen internet. Si los robots cobran vida y andan armados hasta los dientes, ¿quién puede avisar de esto a los hermanos cubanos?


Letras minúsculas


Caray, díganme pendejo, pero no entiendo este mundo de internet y sus noticias “bomba.”



Ciberignorancia

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